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El sábado 22 de mayo, 37 vehículos, entre quads y ATV, se daban cita en el aparcamiento de la Universidad Laboral, de Gijón, para hacer la II Ruta Gijón Aventura.
Destacaba entre todos, por su gran tamaño, un Traxter Max que era toda una delicia para el viaje en compañía. No sería el único, ya que posteriormente se nos uniría un Outlander Max, aunque su conductor iba solo. También destacaba la edad de uno de los participantes, aunque en esto del quad la edad no importa, sólo importa el espíritu de aventura.
El día amaneció gris y con niebla en los montes circundantes, en claro contraste con los anteriores, que habían sido calurosos y soleados. Poco a poco fuimos llegando todos y los organizadores comprobaron nuestros nombres y procedían a la entrega de obsequios, que siempre son bienvenidos. Nos juntamos para las explicaciones de rigor y nos dijeron que, para agilizar la marcha, nos dividiríamos en dos grupos: Primero irían los deportivos y detrás los ATV, cada grupo con su guía correspondiente. Como a mi no me gusta ir de carreras por el monte decido quedarme con los ATV, decisión que luego comprobaré como muy acertada.
La salida se hace con absoluta puntualidad asturiana, o sea: con 45 minutos de retraso. A las 9,45 horas el guía se pone de pie sobre los estribos de su montura y, como en las películas del Oeste, mira hacia un lado y hacia otro; comprueba que todos estamos preparados y grita: ¡Adelante!. Nos precede una patrulla de la Policía Municipal, que se sitúa en los cruces más conflictivos y que nos acompañará hasta el Área Recreativa de Deva, donde empiezan los caminos sin pavimentar.
Los deportivos ya se han dado a la fuga, como si los persiguiera el Seprona, y ya no sabremos de ellos hasta el primer avituallamiento. A lo mejor es que querían llegar antes para ver algo del bodorrio. Estos primeros kilómetros no tienen ninguna complicación, ya que vamos por buenas pistas, y el único inconveniente es el polvo producto de tantos días de sol. En pocos minutos estamos en el Picu Fariu, que está a más de 700 metros de altitud; en Asturias en poco tiempo puedes pasar desde el nivel del mar hasta altitudes sorprendentes. Después de un breve descenso por asfalto cruzamos la Collada de la Fumarea y nos internamos por una pista que enseguida se bifurca y cogemos el ramal de la derecha. Aquí empieza lo bueno, pues enseguida nos encontramos las primeras bañeras con agua y barro. Mi quad, limpio como los chorros del oro, y blanco y rojo, como la bandera del Sporting, pronto cambia a un color marrón lo mismo que mis botas y pantalones. Las bañeras se alternan con zanjas que más parecen trincheras de alguna guerra, por el tamaño que tienen., por supuesto todas llenas de agua y barro. ¿De dónde sale tanta agua si lleva diez días sin llover? Estos organizadores han sido capaces de regar el camino para darle ambiente. Tenemos que ir sorteando obstáculos continuamente, sobre todo pinos derribados por los temporales de esta primavera. Nuestro veterano parece que atraviesa alguna dificultad, pro lo que dos miembros de la organización deciden llevarlo en medio de ellos para que tome confianza. Estos eran bien visibles ya que iban equipados con chalecos reflectantes (espero que fueran homologados), y nuestro amigo les sigue sin problemas. Después de una bajada sin demasiadas complicaciones llegamos al Alto de la Campa, primera parada oficial del día donde tomamos un pincho y un refresco.
Reanudamos la marcha y circulamos por caminos con algo de barro, pero sin dificultades importantes, ya que la única la representa la vegetación que quiera apoderarse del camino. Cruzamos la N-634 y nos dirigimos hacia el concejo de Bimenes. La maleza es cada vez más grande y hay que ir esquivando las zarzas y les cotolles. Hacemos un alto para reagruparnos y alguno aprovecha para hacer fotos; lástima de la niebla que impide disfrutar plenamente del incomparable paisaje asturiano.
Reanudada la marcha enseguida nos encontramos con la primera gran dificultad del día: una bañera de dimensiones considerables, de tal manera que a mi me parece la guarida de algún hipopótamo. Los primeros ATV la pasan, no sin dificultades, pero nuestro veterano olvida conectar la tracción total y se queda atascado. Hacia delante patina; hacia atrás también y como no consigue salir un Outlander le saca del atolladero con el cabestrante. Mientras tanto yo miraba hacia un prado que era una ruta alternativa y que otros, más espabilados y conocedores del tramo, habían tomado. El problema era que había que dar media vuelta y retroceder un poco para cogerlo. Dudé un poco sobre qué hacer pero entonces salió a relucir mi vena de macho hispánico que piensa con la testosterona en lugar de con el cerebro y decido que de dar media vuelta nada, que eso es de cobardes. Así que le echo valor, doy gas a ver si a base de potencia consigo pasarlo. Segundo error: el Trail Boss nunca se ha distinguido por su potencia, así que cuando estoy en medio del barrizal, me quedo estancado, con el agua y el barro que me cubren las estriberas, y ni balanceándolo consigo desatascarlo. Como el acordarme de todo el Santoral no me sirve de mucho, después de varios intentos vuelve a entrar en acción el Outlander y me saca del atolladero. Los ATV lo superan sin demasiados problemas y el resto de quads ha pasado por el prado.
Seguimos ruta con una niebla tan espesa que hacía que a veces no pudieses ver al de adelante. Pone fin a este tramo una bajada que quita el hipo, sobre todo al final por un estrecho camino (caleya le llamamos en Asturias), por el que apenas cabe el quad, con zanjas pronunciadas, en el que hacemos un contínuo cruce de puentes. Muy buena, pero si hubiéramos tenido que dar la vuelta no sube ni uno. Nos acercamos a la gasolinera a repostar y algunos aprovechamos para dar un manguerazo al quad y, sobre todo, al pantalón y a las botas, pues era evidente que con esas pintas no nos iban a dejar entrar al restaurante.
Aparcados los vehículos, nos dispusimos a comer. Si por algo se destaca en Asturias es porque se come mucho y bien. Sopa de marisco, fabada asturiana, cordero y a servirte lo que quisieras, y de postre tarta de almendra regada con un buen chupito. Cuando salimos,a alguno nos apretaban los pantalones, será que menguaron al darles el manguerazo. Mientras comíamos cayó el primer gran chaparrón del día.
Cuando vamos a reanudar la marcha aparecen tres miembros del Seprona, con sus motos, y se meten hacia el aparcamiento. Seguro que más de uno quisimos disimular, pero ya era tarde pues estábamos montados en los vehículos. Los de los deportivos no se cortan un pelo y salen a toda pastilla; alguno incluso hizo el giro a dos ruedas. Los guardias los miran, hablan entre ellos, sonríen y deciden entrar al restaurante, que allí dentro no llueve.
Reanudamos la marcha y al poco nos adentramos en otra caleya estrecha y con subidas pronunciadas, con otro gran barrizal, sólo que esta vez era en subida. Cogímos impulso y pasamos sin problemas, todo era cuestión de subir a buena velocidad y sin detenerse. La maleza va estrechando el camino cada vez más y hay que agacharse para esquivar las zarzas, mientras el orbayu va creciendo en intensidad. Tenemos que superar un paso muy estrecho, donde en la parte superior hay una gran piedra y por abajo un pequeño precipicio. Sin problemas; los samaritanos del chaleco fluorescente nos indican dónde poner las ruedas y nos echan una mano para evitar vuelcos. La lluvia ya cae con intensidad y las gafas, a estas alturas, más que un complemento son un estorbo. La vegetación y la maleza son cada vez más impenetrables, de tal forma que me parece estar viviendo una aventura del National Geogrhapic por la selva amazónica. Por fin se vuelve a abrir la vegetación y vamos subiendo por una buena pista ganando altitud, pero pronto volvemos a bajar hacia el pueblo de Melendreros. Es lo que tiene rutear por Asturias, que tan luego estás subiendo como estás bajando, como si estuvieras en una montaña rusa. Nueva parada para reagrupamiento y para que a los deportivos les diera tiempo a superar una zona difícil. En esto aparece un tractocarro por la carretera, un Pasquali, y empiezan las primers chanzas. “Mira, es igualito que tu ATV”, je, je. , a lo que otro responde “será por eso que al mío no hay que remolcarlo en los barrizales”, je, je
Dejamos atrás otra vez el asfalto y a unos tres kilómetros vuelven las dificultades, en forma de subida fortísima y muy resbaladiza por la lluvia recién caída. Muchos deportivos tienen que ser remolcados para superarla, pero esta vez me libro de la “humillación” y consigo subir sin ayuda. En la bajada nuevo paso conflictivo, en una zona de piso blando arcilloso y con unas roderas impresionantes. Los ATV pasan bastante bien, pero los quads se empanzan y hay que levantarlos a mano par que salgan del atolladero. Bajada sin más problemas hasta Les Praeres, donde la niebla impide disfrutar de las magníficas vistas que desde aquí se divisan.
La pista ahora es amplia y de muy buen piso,y la gente empieza a darle al gatillo. Sigo sin acoplarme a los neumáticos nuevos y no acabo de encontrarles el punto ideal de deslizamiento, lo que me provoca un par de sustos y hace que me sienta incómodo en ese tramo.
Abandonamos la pista habitual y, por un camino estrecho, nos internamos en un bellísimo bosque, que parece sacado de los cuentos de la mitología astur. Como ahora vamos más lentos me da tiempo a extasiarme con su contemplación. En ese momento un miembro de la organización solicita un ATV con Cabestrante para
sacar a un deportivo que ha rodado monte abajo. La preocupación se asoma a nuestros rostros hasta que nos dicen que al quadtrero no le ha pasado nada, ya que saltó a tiempo del vehículo. Suspiros de alivio y a seguir, hasta que un nuevo obstáculo se interpone. En esta ocasión es un haya derribada por el viento, la que se cruza en nuestro camino, dejando un espacio mínimo para pasar por debajo. Alguien dice que hay que cortarlo con un hacha, pero cuando me acerco y lo veo me digo que como no llamemos a una docena de aizkolaris tenemos para todo el día. Los quads no tienen problemas, sin embargo para los ATV que llevan maletón trasero el paso parece imposible. Sale entonces a relucir el ingenio hispano, y alguien sugiere que nos colguemos varios de la trasera de los ATV para forzarla hacia abajo. Primero lo intenta el Traxter Max y seis o siete quadtreros se cuelgan de su trasera como si fueran leones atacando a un búfalo. Consiguen que pase y la operación se repite con los otros ATV hasta que todos hemos pasado. Una bajada nos conduce a un pequeño vadeo de un arroyo y, a continuación a un estrecho puente de madera, con entrada en curva, con escalón para subir a él y muy deslizante por el paso de los vehículos. Si no aceleras lo suficiente te quedas en el escalón y si aceleras demasiado puedes derrapar y caer al arroyo, desde bastante altura. La cosa tiene su “emoción” pero, afortunadamente, pasamos todos sin problemas, con la ayuda inestimable del samaritano del Outlander, con su chaleco reflectante. Bajada hasta el río enlazando con la pista en la que se produjo el accidente, y subimos a ayudar. En el trayecto observamos dos hermosos venados, el mayor aún no ha mudado su cuerna, lo que no es habitual ya que suelen hacerlo entre marzo y abril.
Llegados a la zona del incidente observamos una escena increíble. El Outlander Max ha bajado por el terraplén para intentar remolcar al Suzuki. Hay que reconocer que Santos le echa un par de huevos y se mete donde nadie, en su sano juicio, se atrevería a meter su quad. Consigue remolcarlo un trecho, pero la pendiente es tan inclinada que, aunque algunos se cuelgan de la defensa delantera, patina y no puede subir. Con cinchas y cuerdas de escalada (qué gran idea de quien la llevó) y entre un montón de manos se consigue el rescate. El Suzuki está de pena, con dos ruedas chungas y el eje doblado en forma de j. Santos lo intenta subir a su defensa trasera para remolcarlo pero es imposible y al primer bache se cae. Se decide intentar hinchar las ruedas para que vaya por si mismo, pero la trasera está demasiado deteriorada;
no obstante lo intentan y el quad se pone en marcha. La visión resulta surrealista y es imposible de describir; si no se ve no se cree, pero imaginaos el movimiento que se puede producir al rodar con un eje muy doblado, casi al lado de la rueda, parecía que se estuviera burlando de nosotros. Pero así, de esta guisa, hizo unos 12 kilómetros hasta Infiesto.
Damos la vuelta y seguimos bajando en dirección a La Muriosa, y de repente siento una profunda indignación. Hace bastantes años que no pasaba por esta zona y ahora me encuentro con que han asfaltado la pista, una pista que no conduce a ningún lugar habitado, sólo hacia prados, cabañas y montes. En una región como Asturias, donde hay un montón de pueblos con carreteras sin asfaltar, e incluso alguno está sin carretera, que hayan asfaltado esta pista es una monstruosidad sin sentido. En la zona se han rehabilitado muchas cabañas, y quizás sea de un pez gordo, que piense que la Naturaleza está muy bien, sobre todo si le llega el asfalto hasta su puerta. Vamos por asfalto hasta la Peridiella y allí cogemos otra pista, cruzando Beloncio y Areñes. Pasado este pueblo empieza una empinada subida con la que rápidamente ganamos altura. Ahora voy detrás de un Sportsman, que se traga las irregularidades y las piedras como si no existieran; parece que estuviera en una autopista. Yo tengo que ir con más cuidado y tomar los saltos y las piedras grandes mucho más despacio, pues mi Boss es considerablemente más bajo y no me gustaría perder el eje trasero por el camino. La niebla ha levantado bastante y las vistas son estupendas; allá abajo quedan Les Cobayes y Les Cuerries, pero hay que seguir y volvemos a bajar, subir y volver a bajar por entre pinos en dirección a Nava. La única dificultad la constituye un vadeo, con grandes piedras, lo que provoca un momentáneo atasco que se solventa enseguida. Sin más incidencias llegamos al reagrupamiento. Aquí nos tiene preparada una espicha, a base de buena sidra, jamón, tortilla, empanada, etc. etc. Intentamos comer algo pero nuestros estómagos no pueden más, después de la abundante comida del mediodía.
Con el crepúsculo encima reanudamos la marcha hasta llegar a una pronunciada bajada de tierra y barro, que se interna por estrechos caminos hasta salir a una gasolinera. Una vez repostados continuamos por polvorientos caminos. Los guías nos habían dicho que al hacerse de noche y para evitar pérdidas que iríamos todos “tranquilos y de la manita hasta casa”. Si, si, de la manita; la leche, si eso es ir de la manita cómo irán cuando tengan prisa. Si parece que nos estamos entrenando para el Dakar.
Por caminos y algún trozo asfaltado vamos subiendo y cogemos una pista pronunciada, que además tiene fuertes escalones y alguna que otra zanja. Es noche cerrada y hace que no veamos bien el relieve, además la niebla ha vuelto y resulta imposible distinguir al que me precede. Una vez en la pista del Picu Fariu la visibilidad es nula, y parece que estemos jugando a la gallinita ciega. Pienso que voy a aterrizar en un matorral, pero aunque esto no sucede me trago todas las zanjas de la pista, pues no las veo hasta que estoy encima. Estamos en terreno conocido y pienso ¡Por fin, ahora todo derechito y pa casa! Si, si; todo derechito. De repente el del chaleco se desvía por un camino secundario y nos hacemos otra excursioncilla, con bajada por la parte más complicada. De vuelta a la pista pienso que esta vez si que se ha acabado, pero no, el del chaleco desaparece por un estrecho camino, que más bien parece un túnel por lo cerrado de la vegetación. Con el dolor de espalda que llevo, ahora hay que ir agachado para no dejar los cuernos en alguna rama. Nuevo recuerdo al Santoral y, como no sirve de nada, me dan ganas de mandarle al guía, a gritos, un afectuoso saludo para toda su familia. Rápidamente desisto, no sea que se enfade y nos busque algún otro tramo peliagudo por la zona, que haberlos haylos. Por fin salimos otra vez a tramos fáciles y, por carretera unas veces, y por pista otras, llegamos al aparcamiento de la Universidad Laboral y al fin de la ruta. Felicitaciones, apretones de mano y despedidas. Es curioso este mundillo que hace que personas que esta mañana no se conocían, ahora intercambien impresiones como si fuesen amigos desde siempre. Me subo al quad y me dirijo a mi casa con un ¡Hasta la próxima! Y que la próxima sea pronto.
PD: Mi agradecimiento a la labor de los guías y a los del chaleco, por sus desvelos para cuidar de nosotros. Y un reconocimiento especial para Santos, de Autos Pola, por su valentía y solidaridad para ayudar en el rescate del quad accidentado. Con quadtreros como Santos se puede ir tranquilo al fin del mundo.
Texto: Susaron
Fotos: Fonso